Máximo Haeckermann y Laura Ortiz compartían una amistad hecha de años, conversaciones largas y planes alrededor de bebidas, comida, cultura y momentos que se disfrutaban sin prisa.
Les gustaba probar, preguntar, comparar estilos y dejar que la conversación encontrara su propio ritmo. En medio de esos encuentros apareció una pregunta que empezó como juego y terminó como decisión: ¿y si construimos nuestra propia casa de bebidas artesanales?
La idea no se quedó en la mesa. Pasó a receta, marca, diseño, tecnología, relaciones y estrategia. Bingen comenzó a tomar forma como un proyecto que une amistad, criterio y ganas de crear bebidas con alma, pero también con propósito.